Salud NavBar ButtonNutricion  NavBar ButtonPsicologia NavBar ButtonAdministracion NavBar ButtonBelleza NavBar ButtonTurismo NavBar ButtonReflexion LinkEconomia  NavBar ButtonHola Eventos NavBar ButtonCuidando tu Mascota NavBar ButtonLegales NavBar ButtonHistorias NavBar ButtonDebate NavBar ButtonContabilidad NavBar ButtonLiteratura NavBar ButtonRemodelacion NavBar ButtonEmail LinkOpiniones NavBar Button

Edicion Actual

Edicion Actual

Ediciones anteriores

Pueblos que cubrimos

Mapa Covertura

Link

EllaElla y su tristeza

Augusto G. Garcia

(Porque el dolor tiene mil formas. Porque el amor lo vence todo)

Lali era toda sonrisa, toda dulzura, toda alegría. ¡Sabía fingir tan bien! Y por qué no, si la vida la había pisoteado, mancillado, lastimado. Si “él” se había encargado de vaciar su alma alegre, noble, bondadosa, y la había llenado de lacras y veneno y rencores. Él, a quien ella le había regalado su juventud, su corazón, sus inocentes pero apasionadas caricias.. Y ahora estaba allí, con su esposa, con la demente arrabalera que lo había seducido y convertido en un guiñapo de hombre. (O, ¿había sido él un guiñapo de hombre siempre, pero este detalle había pasado inadvertido para Lali, por la ceguera de ese amor tan fogoso e inmenso que le había profesado?) Y ahora estaban allí, a mediados de febrero, en plena Plaza de Recreo, allí donde el Gobierno Municipal declaraba ese día al  hijo de ambos como el Hijo Favorito de La Ciudad, por sus incontables logros profesionales en Estados Unidos.

En ese tiovivo bullicioso, lleno de discursos altisonantes, en esa fiesta de pueblo tan sonora y ruidosa, la Plaza estaba atestada de curiosos y chismosos, pendientes de todo detalle. Lali, rodeada de hijos y familiares, tuvo la valentía de ir donde él se encontraba con su nuevo amor. Les pidió, con una sonrisa cimentada en sus labios, que pasaran al frente, a la parte más prominente del escenario, pues ellos tenían perfectísimo derecho de estar allí, en la cima, para ser aplaudidos y vitoreados por todos los allí presentes. Lali había notado como bajaba la cabeza, atolondrado, sumiso, avergonzado, porque se sabía un perfecto canalla y sabía que él no tenía ningún derecho a estar allí. Y menos acompañado de su ahora “amantísima” esposa. Pero Lali, para sorpresa de todos, los besó en la mejilla, y los condujo al sitial de preferencia que había destinado para ellos. Con la sangre fría de aquel que no tiene nada que perder.

Una vez terminada la faena de colocar a la pareja en el lugar indicado, Lali se sentó a meditar. Y se agolparon los sentimientos, las imágenes que tanto la mortificaban. Los muchos años de entrega total, de amor sin límites Las decepciones, los engaños, las desilusiones que, día a día, su esposo le había regalado como su participación dotal al matrimonio. Y fue más atrás en su memoria. Y se vio niña. La hermosa Lali de brillantes gadejos rubios a los que el sol les sacaba destellos dorados que iluminaban su paso. Y se vio hablando con su protectora y amiga, Lola, y con el vecino de Lola, el sabio y alegre Cefo. Lali se vio de cuatro años, sentada a la sombra de Lola, contándole sus penas, sus tristezas, y cuestionándole a Lola porque ella tenía que sufrir tanto, si ella era una niña buena, aunque traviesa. La Lali de ahora se vio hablando con Lola, que la mecía y confortaba y le daba frutos para comer. Y veía al tranquilo y cariñoso Cefo, que sonreía, porque sabía que Lali era malosa, traviesa, díscola, pero inocente y pura y dulce. Y Cefo comenzaba a susurrar, con esa voz cantarina y hermosa, y poco a poco comenzaron a escucharse los cristalinos acordes de Cefo, para complacer y mitigar las penas de la pequeña, para traer un poco de alegría a la atribulada alma de esta chiquilla, sencilla y amorosa, que se sentía incomprendida por sus padres, por la vida, por todos…menos por Lola y Cefo.

Los aplausos y los vítores devolvieron a Lali a la cruda realidad del presente, del hoy que ella tanto había temido. Pero ese despertar de aquel hermoso viaje al pasado, fue revelador. De momento, se sintió libre de las cadenas del odio y del desprecio y del temor. Miró a quien había sido su esposo con nuevos ojos, y su corazón y su mente le dijeron que estaba libre, por fin. Libre de las ataduras del pasado, libre del amor maldito que tanto la había amargado. Libre para amar a sus hijos sin límite, para amar la vida, para amar a quien ella ansiase. Libre, porque en ese viaje al pasado, en esa visita a Lola y a Cefo, se había fortalecido su corazón y ahora podía enfrentar ese maldito amor, y vencerlo.

¡Ya no amaba a su esposo! Ya no sentía ni tan siquiera rencor en su corazón. Cefo y Lola se habían encargado de lavar su alma y purificarla. Lola, el frondoso árbol de guayabo, que ofrecía sus frutos a la tierna Lali. Cefo, el árbol de “aguacero”, que con sus incontables vainas secas le susurraba dulces sonidos de paz a la hermosa chica, para sosegarla.  En su pureza e inocencia, Lali había encontrado en la Naturaleza dos amigos francos y nobles y, en sus conversaciones con ellos había desarrollado, sin saberlo, la fortaleza para vencer los obstáculos que la vida le iba a presentar al correr de los años. Lola y Cefo habían forjado el carácter de Lali para depurar su alma de ese odio, de ese amor sucio y malsano que la corroía. Lali, la hermosa niña de rubios gadejos a los que el sol sacaba destellos dorados, era libre. Al fin.

 

CruceroVivir sin sentido: La vida de un camarero en un crucero de lujo

Iraida García

Vivir en ese mundo ficticio, artificial, cambiante como un carrusel de luces vivas y colores brillantes que seduce los sentidos y adormece tus instintos. El mundo de los cruceros. Navegar la misma ruta semana tras semana, ver los mismos hielos, las mismas nieves, los mismos…todo. Sólo cambia la gente. Los turistas. Que son tan distintos cada semana,  ¡pero tan iguales en sus historias, en sus falsas cortesías, en su comportamiento!

Vivir en ese mundo de oropel y confort en que se desenvuelve la vida en los barcos de turistas sin poder disfrutar de ninguno de esos lujos vacuos con los que les llenan los ojos a esos pasajeros. Ver, pero no tocar. Servir, pero sin poder probar. Envidiar. Callar. Y, al fin del día de quince horas de trabajo, saber que gran parte de ese dinero que ganaste va a ir a Filipinas, a Marikina, al pequeño poblado donde está tu esposa Taki y tus pequeños Juno y Suset. De donde saliste en lo que, en un momento de reflexión, pensaste que era un golpe de suerte. Sabías algún inglés, enseñado a palos por las Hermanas de la Eucaristía, a cuyo colegio fuiste a parar por ser el hijo de la sirvienta favorita del patrón. Con ese poquito de inglés, algún español del de los abuelos y tu hermoso tagalo, la lengua musical de tu país ya eras, para el reclutador del barco, un buen candidato. El crucero iba a cubrir el área de Canadá-Alaska. Lo consultaste con tu esposa, le prometiste serle fiel y enviarle todo el dinero que ibas a ganar trabajando en el barco. Aparte de que te atraía, como un magneto obsesivo, esa aventura, ese hermosos barco con esos hermosos y generosos turistas, esa vida de ensueños que el reclutador te pintó para que firmases el contrato por diez años. Así comenzó todo.

Nunca imaginaste las penas y amarguras de la separación física de los tuyos. El cansancio brutal de estar quince horas diarias, siete días a la semana, sirviendo, haciendo camas, limpiando y, lo peor, soportando vejámenes y críticas y regaños de esos “hermosos” turistas. Como la odiosa de la cabina 4325 que deja todo regado, te mira como si no existieras y le dice a su marido, delante de ti, que “tenga cuidado, que todos ellos roban”. O la latina de la 4319, que quiere que sepas lo mucho que ella tiene, propiedades aquí y allá, negocios, en fin, que es la más rica del barco. La que es la madre de la odiosa chica de diez años que te escupió porque tropezó contigo…Pero todo eso se soporta, más o menos.

Lo que NO puedes soportar es, cuando te dieron las dos semanas para que vinieses a tu casa, después de un año fuera, el cambio que encontraste. Ya anteriormente habías venido-llevas cuatro años de tu contrato- y habías comenzado a notar tirantez, temor, despego. Pero esta vez, tus hijos…¿pidiendo permiso a su madre para salir contigo de paseo? El frío lecho con que tu esposa te recibió, después de todo un año sin verte. El horrible sentir de que has regresado a un mundo de extraños.  Y se te agolpan los pensamientos. Y te martilla el alma el pensar que, con tu sacrificio, los sacaste de la choza inmunda construida de cartones de neveras con piso de tierra y sin tan siquiera una letrina, ni agua ni electricidad.  Los sacaste de allí y ahora tienen un techo seguro con una casa pobre, pero segura, con luz, agua, inodoro y hasta ducha. Y comida en la despensa. Y sin piojos ni lombrices ni escorbuto ni niguas. Y la esperanza de que los niños puedan ir a la escuela.

Tu mente corre al barco. Piensas en Nina, tu compañera filipina de sólo diecinueve años, que odia cada hora de esas quince que tiene que pagarle al patrón. La que el borracho de la 4310 trató de llevar a la cama a la fuerza. La que, sin, amarte, se entrega a ti ocasionalmente, porque te tiene lástima, porque te ve llorando en silencio, porque sabe de la situación en tu casa en Marikina. Porque sabe de tu celibato forzado. Y el de ella.  Y piensas en Elino, en Saku, en todos tus compañeros del barco, tu verdadera familia, si vamos a ver. Y no puedes sacarte de la mente aquellas palabras de despedida de tu esposa: “Si esto sigue así, mejor no vuelvas. Quédate en el barco. Total, para lo que aportas…”

¿Es para eso que trabajo? ¿Para eso me estoy muriendo en vida siete días a la semana cincuenta semanas al año? ¿Cuál es mi casa, mi hogar? ¿Mis hijos y esposa, para quienes ya soy un extraño, o ellos, mis compañeros de infortunio en el barco, con los que río y sufro y comparto? Y hasta esos odiados turistas, que me ofrecen como limosna un saludo ocasional, un dólar furtivo, porque me compadecen. ¿A quién pertenezco? ¿No es eso vivir sin sentido?  Es más, ¡por Dios!, ¿es esto vivir?

 

Volver Arriba

 

<<<Volver Atrás...

Siguiente...>>>