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Vieja LocaLa vieja loca

Augusto G. García

Nadie se acercaba mucho a la casa de la vieja loca. Bola que caía detrás de la alta tapia de concreto era bola perdida, y los chicos lo sabían. Allá, en el Cerro de la Monserrate, no había mucho espacio para jugar, así que los muchachos jugaban pelota en la calle. Si la pelota caía  detrás de la verja, se oían unos ruidos horribles y como carcajadas de un loco…por lo que ninguno de ellos se atrevía ir a pedir que le devolviesen la bola. Es más, a veces asomaba por lo alto de la verja una cara grotesca que reía y emitía unos sonidos guturales. Razón de más para los muchachos poner pies en polvorosa. Hasta que se mudó René al barrio.

René tenía once años, y era muy listo y muy amigable. Tan pronto se estableció en el Cerro, salió a conocer el ambiente. Se presentó a los chicos y se hizo amigo de ellos, aparte de que, en poco tiempo, sería su líder. Le hablaron de la casa de la vieja loca, lo que lo puso a pensar detenidamente…y a observar. Notó que la señora de esa casa salía todas las mañanas, antes de las seis y regresaba con una libra de pan fresco después de la siete. Oyó los ruidos que salían de la casa y vio la figura grotesca que tanto temían los niños. Y decidió tomar el toro por los cuernos.

Un sábado, a eso de las 10:00 de la mañana, se armó de valor y tocó a la puerta de la casa de la vieja loca. Al poco rato, una voz tenue le preguntó  qué deseaba.

“Conocerlos, nada más, soy nuevo en el barrio.” Y tragó profundo cuando sintió la puerta abrirse…y vio a Jacobo. Éste era el hijo de la señora y era deforme y, aparentemente, retardado, pero miró a René con una sonrisa que era una mezcla de alegría y… ¿esperanza? René le dio la mano. “Hola, soy René, y quiero ser amigo tuyo.”  “¡Y YO AMIGO TUYO, AMIGO!”, gritó el deforme chico, con una sonrisa primero y una carcajada después. “Mamá, quiere ser amigo mío, ¡amigo mío!” Y ahí René se decidió a mirar a doña Inés, la “vieja loca”. Que lo estaba mirando fijamente, como tratando de adivinar las intenciones del chico. Cuando lo que vio fue una cara franca, abierta, sin malicia, le pidió al chico que pasara…para contarle su historia. La historia de una pobre viuda que vivía en una casa que le dejó su esposo, con un hijo retardado mental, y con el defecto físico que convertía su cara en una fea máscara al sonreír, pero que tenía un corazón de oro. De un chico que lloraba-haciendo los ruidos extraños que los chicos de la calle tanto temían-porque la madre no le permitía salir a jugar con ellos. “Tengo miedo de que se burlen, o de que pueda lastimar a alguno de ellos jugando, por su físico tan fuerte.”

René sacó una bola de goma de su bolsillo, y unos “jacks”, y se tiró al suelo. “Ven, vamos a jugar”, le dijo a Jacobo, que también se tiró  al suelo con un horrible grito de alegría, que no era tan horrible nada. Y ahí empezó todo. Todo. René se fue dando cuenta de las limitaciones, pero también de las capacidades de Jacobo y, poco a poco fue trayendo juegos más elaborados. Damas, “Chinese Checkers”, Monopolio, y Jacobo los fue aprendiendo todos. Y el condenado René, que les juró que, definitivamente, iba a ser un exitoso relacionista público cuando creciera, empezó a traer a los demás chicos, uno a uno. Con la “delicada” encomienda de que fueran gentiles con Jacobo “o te parto la cara”.  La vieja loca desapareció, para dar pasó a la dulce doña Inés,  la amable anciana a quien Dios, por fin, escuchó, por su continuo pedir todas las mañanas en la misa de las seis. La dulce madre de Jacobo que le pidió a Dios que su vida cambiara, que pudiese ser aceptada por sus vecinos, y Jacobo también. Y, con el dulce y carifresco de René, había comenzado ese cambio que tanto ella anhelaba. Por fin.

Ahora Inés regresaba de misa con dos libras de pan fresco en vez de una. Porque ahora siempre había tres o cuatro de los chicos esperando, para desayunar con Jacobo para luego llevárselo para la calle, a hacer travesuras, a jugar. Y las vecinas ahora visitaban a la dulce Inés, que las maravillaba con sus bordados, con sus tejidos, con los exquisitos dulces y postres que preparaba. Y René visita a Jacobo todos los días, y es el favorito de doña Inés, pues fue este chico quien comenzó todo. Todo. Este bendito chico. FIN

 

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